Hemos crecido siendo educadas en la cultura del apego, en la visión de que todo es permanente, y desde ahí aprendimos a aferrarnos a cosas, personas, vínculos, recuerdos y creencias.
Pero a veces no es tan bueno estar aferradas y apegadas a las cosas y personas, también puede convenirnos aprender a ser más desapegadas… pues nada es para siempre.
Muchas veces cuestionamos la veracidad o autenticidad de nuestras relaciones con el mundo, pero la creencia del control, hizo mil veces que nuestros intentos de liberación fuesen vanos.
Cuando amamos a alguien, queremos que sea para siempre; “un siempre” que incluya el resto de los días que nos queden por vivir,a sabiendas, que el destino puede irrumpir a la vuelta de la esquina con una plan distinto para nosotros. Por el apego, lo conquistado se vuelve dueño de nosotras mismas.
Siempre tenemos cierto miedo a la pérdida de aquello que supimos conseguir, construir y amar. Comenzamos a custodiar más de cerca lo que no queremos perder, trabajamos más horas para no perder el trabajo, aceptamos tratos injustos para no perder la aprobación, decimos “sí” en lugar de “no” para no perder el amor, renunciamos a nuestros sueños para no perder a quienes amamos, nos enfermamos para no perder una relación, nos convertimos en mártires para no perder la atención de la familia, hacemos regalos para no perder el status, compramos cremas, geles, pastillas para no perder la juventud.
Y siempre buscando la eterna felicidad, la eterna juventud, el eterno amor, nos embarcamos en las aguas de la infelicidad. ¿Por qué? Porque nada es eterno. Todas navegamos en el mar de la impermanencia, en las tierras de la incertidumbre. La vida es transformación; y es el cambio lo que nos proporciona vida.
Por ignorancia sufrimos, y nos cegamos de pena, porque es inútil (no tiene utilidad) aferrarse a algo, y construimos la cárcel mental en la que estamos alojados.
Por nuestras creencias de arraigamiento, creemos que siempre habrá un mañana; y dejamos lo importante para después. Si lográsemos concentrarnos en que tan sólo tenemos el presente, el desprendimiento de toda la carga emocional que llevamos nos conduciría a la libertad, verdadero refugio interior.
El desapego no implica vivir con indiferencia o no amar, simplemente habla de que todo está en constantes cambios, por lo cual nos invita a aceptar que nada es para siempre.
Soltar es una de las grandes lecciones que debemos apresurarnos a internalizar. Abrir la mano y soltar cosas materiales, emociones, recuerdos, personas, todo aquello que nos ancla a un pasado que no volverá a repetirse.
Muchas veces decimos: “me quité un peso de encima” y en verdad nos hemos quitado esa sobre carga que nos impedía movernos con facilidad.
Nos liberamos y nos abrimos a lo nuevo, inauguramos una nueva fase en nuestra vida, cerramos círculos y logramos transformaciones inesperadas, porque logramos despojarnos de lo que no nos sirve.
Todo lo que acumulamos arrebata energía, todo de lo que no podemos independizarnos nos doblega.
Una forma muy habitual de atarnos a los hechos es la queja. La queja nos detiene, nos deja sin espacio de acción, y nos domina. Nos paraliza. Nos distrae. Cuando me paro en la queja, en lo que debería ser – según mi observador- aplico resistencia, y por lo tanto no dejo fluir la vida. Y si la vida no fluye, ¿te imaginas? Es como el agua estancada, al tiempo se pudre.
Si quieres dar brillo a tu corazón, empieza a confrontarte con que todo está en constantes cambios, y observa la vida como una totalidad: vida y muerte, las caras de una misma moneda.
Si recuerdas que nada es para siempre, pondrás más perseverancia y pasión en lo que haces, vivirás el día como el último día de tu existencia y estarás enormemente agradecida por estar viva.
jueves, 23 de junio de 2011
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