jueves, 23 de junio de 2011

Capricho

Cuentan que cuentan que hace muchos muchos años en un castillo tan lejano que jamás nadie pudo llegar hasta él, vivía un Rey la mar de bueno, más bueno que el agua mineral, más bueno que un baño de vapor para la  gripe, más bueno que el puré de calabaza para los enfermos de la panza. Este rey tenía una hija. Una hija hermosa y divina, linda y maravillosa,  pero con un solo defecto era muy caprichosa. Pero caprichosa al punto de arañar las paredes hasta sacar el revoque cuando no conseguía lo que quería. La princesa pedía trufas, tenía trufas, quería un vestido de tul azul, conseguía su vestido de tul azul, quería un mono de mascota, tenía su mono de mascota. Hasta que un día el bueno del rey, subió hasta los aposentos de la princesa, golpeó suavemente la puerta. La princesa con su dulce voz lo invitó a pasar y luego le exigió a su padre que cerrara la puerta tras él. El rey la miró y negó con la cabeza, la princesa comenzó a patalear y el rey sin dudar se acercó lentamente y le cruzó una trompada que le dejo la nariz sangrando sobre las sábanas blancas de princesa. Ahí aprendió la muy caprichosa.

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